Mientras los aztecas se dirigían hacia el sur buscando dónde construir su ciudad, tenían como hermana mayor a una mujer llamada Malinalxóchitl (flor de hierba). Ella era hermosa y delicada, además de ser experta en las artes mágicas. Tanto era su poder que podía llegar a matar a un hombre devorando su corazón con sólo mirarlo y sin que aquel sintiera absolutamente algo. También podía manipular la vista de cualquier ser humano para que éste creyese que tenía delante de sí a una bestia monstruosa.
Durante las noches, mientras la gente dormía, Malinalxóchitl apresaba a un hombre, lo llevaba afuera del campamento y lo ofrecía a una serpiente venenosa. Para realizar sus artes solía utilizar también escorpiones, gusanos y arañas, y al ser una bruja hábil, podía transformarse en el animal que quisiera. Era tanto el terror que producía, que nadie se atrevía a maltratarla, y ella exigía que la venerasen como a una gran Diosa.
Por mucho tiempo, el pueblo azteca soportó las tiranías de Malinalxóchitl porque era hermana del Dios Huitzilopochtli, pero llegó un momento en que los sacerdotes se quejaron en sus plegarias y el Dios no tardó en contestarles, según su costumbre, a través de los sueños.
"Mi hermana es una amenaza -les dijo-. No puede reportarles nada bueno y, por lo tanto, les aconsejo que no traten mas con ella. Mañana por la noche, durante el primer sueño, deben marcharse sin hacer ruido, y así abandonarla. Yo tengo la misión de gobernarlos por la fuerza de mi brazo, de la fllecha y el escudo, de mi pecho y mis hombros, pero nunca mediante la brujería. Siempre protegeré a mi pueblo, vaya donde vaya, procuraré que viva bien y haré grande y glorioso el nombre de los mexicas. Nuestras conquistas nos proporcionarán: oro, jade y plumas de vivos colores para adornar mi templo. También tendremos maíz, chocolate y algodón; no nos faltará nada."
Tal y como Huitzilopochtli les indicó en el sueño, aquellos hombres abandonaron a Malinalxóchitl en los bosques, dejándola en compañía de unos pocos sirvientes.
Al día siguiente, cuando la malvada bruja despertó, miró a su alrededor y gritó: "¡Mi hermano nos ha raicionado, se ha ido con toda su detestable compañía! ¿Hacia dónde se dirigirán? Estas tierras están llenas de pueblos que no nos conocen ni son amigos nuestros y además tienen poderosos ejércitos."
Entonces, Malinalxóchitl y sus acompañantes fueron a la ciudad más cercana y pidieron permiso a sus habitantes para establecerse en un lugar que estaba en las afueras, llamado Colina Peñascosa. El permiso fue concedido y se quedaron en aquel lugar, que posteriormente pasó a llamarse Malinalco, donde sus habitantes tienen fama de brujos.
Mientras, los mexicas continuaban su camino. Se detenían de vez en cuando para plantar y cosechar algo de máiz y así poder alimentarse durante su trayecto, pues el objetivo era encontrar el lugar donde pudieran fundar su ciudad.
Finalmente llegaron a la colina de Chapultepec, a la orilla del gran lago que luego sería conocido como el Lago de México. Aquel terreno, lejos de ser tranquilo, se encontraba rodeado de pueblos extraños que esperaban el momento para poder caer sobre los mexicas y acabar con ellos.
En el transcurso de los años, Malinalxóchitl tuvo un hijo, Copil, a quien le enseñó las artes mágicas y le contó que su hermano Huitzilopochtli la había traicionado y que los mexicas la habían abandonado en el bosque, aprovechando que estaba dormida. Copil, conmovido por las lágrimas de su madre, juró vengarse utilizando los malvados métodos que aquella le había enseñado. Pronto se enteró de que el pueblo de Malinalxóchitl se había asentado en Chapultepec. Entonces, visitó las ciudades vecinas y les dijo a sus habitantes que los moradores eran muy peligrosos.
"No se fien de los mexicas -les advirtió-, quieren conquistarlos, y cuando ustedes se hayan convertido en sus esclavos, sufrirán en sus propias carnes las horribles costumbres que yo tuve ocasión de ver con mis propios ojos."
Los pueblos de Atzcapotzalco, Tlacopan, Coyohuacan, Xochimilco, Chalco y Colhuacan formaron una gran alianza y marcharon hacia Chapultepec; mientras, Copil subía a una colina cercana para poder contemplar con gusto la destrucción de los mexicas que habían traicionado a su madre.
Pero la sorpresa de Copil fue tremenda cuando vio que varios sacerdotes lo apresaban para luego sacarle el corazón. Huitzilopochtli, quien estaba enterado de los planes de Copil, había tomado sus medidas antes de que diera inicio el ataque.
Cuando los sacerdotes le presentaron a Huitzilopochtli el corazón desgarrado de Copil, les ordenó que lo llevaran al gran lago y lo arrojaran a sus aguas, lo más lejos que les fuera posible. Uno de los sacerdotes entró al lago y arrojó el corazón con todas sus fuerzas. El órgano fue a caer en una isla pantanosa y se dice que de él brotó el nopal espinoso que señaló la futura sede de la Ciudad de México.

